Desde 1979, fecha en la que se publicó la obra de Roberto Velandia -Enciclopedia Histórica de Cundinamarca- se ha venido aseverando en Fusagasugá que su fecha de fundación fue el 7 de mayo de 1776, dato que no ha tenido ningún tipo de crítica y mucho menos investigaciones que certifiquen o nieguen la afirmación de Velandia. Estas ausencias muestran la negligencia en el tratamiento del tema, acto de alta irresponsabilidad al tenerse en cuenta que la indicación cronológica ha sido usada por administraciones municipales y seudointelectuales locales para actividades publicitarias y otras que buscaban, según ellos, “construir identidad”. Además, nunca se explicó a las comunidades el proceso fundacional desarrollado en Fusagasugá.
Este escrito es uno de esos materiales para observar y analizar el proceso fundacional. Para ello se inicia describiendo el precedente a la llegada española; posteriormente, se analiza el nacimiento del pueblo de indios, como una de las formas de dominación puestas en marcha en Hispanoamérica; y se termina con el proceso que dio como resultado el traslado forzoso de los indios a Pasca y el fracaso de una renovación urbana por parte de los blancos que llegaron a residir en el espacio antes habitado por los nativos.
Para la realización de este trabajo se han utilizado las mismas fuentes con las que Roberto Velandia sustentó su obra, además de otras que en su conjunto reposan en el Archivo General de la Nación y que soportan las afirmaciones aquí hechas.
Este documento pretende, antes que cualquier otra cosa provocar el cuestionamiento a esos datos establecidos durante mucho tiempo, que no nos dicen nada y que, en cambio, provocan que la historia sea una cenicienta dentro del conjunto de los conocimientos adquiridos por el hombre en la escuela y la vida cotidiana.
La comunidad indígena de los Sutagaos ha sido poco referenciada debido a las variadas y sucintas versiones sobre ellos, que en su mayoría provienen de cronistas españoles y en menor medida de documentos de archivo. Se les ha dado origen Caribe, al igual que Chibcha; en tanto que su centro más importante, Fusagasugá, algunas veces aparece dentro del territorio Muisca y en otras ocasiones al margen de éste. Lo cierto es que la conjugación de sus diversos rasgos permite observar cierta independencia, aun cuando el escenario fuese complejo al estar rodeado por Panches, Pijaos y Muiscas. Las relaciones con éstos últimos hacen pensar que su filiación fundamental era Chibcha, tal y como se supone lo eran los Guanes y los Laches, al norte del altiplano cundiboyacense, sin que ello implique que rindieran tributo al Zipa o al Zaque.
Carl Langebaek[1] reconoce a los Sutagaos como un grupo de débil producción agrícola, ya que su supervivencia se basaba en aprovechar las condiciones geográficas al consumir los elementos que por la región atravesaban y que en el cruce de caminos -convertido en mercado y dominado por Fusagasugá- se quedaban dentro del proceso de intercambio. En ese marco, se evidencian productos tales como coca, pita, maní, carne, cera, miel, cueros, oro, mantas, sal, maíz, papa, cubios, frijoles, curíes, pellejos de venado, cerámicas y algodón.
La variedad de artículos no implicaba, al parecer, que la magnitud del mercado fuera grande, ya que sus principales proveedores, los Muiscas, usaban esta práctica con un sentido religioso antes que económico. Lo anterior también muestra cómo el desarrollo de los Sutagaos no era tan limitado como se ha pensado hasta ahora, pues el comprender las manifestaciones culturales de sus vecinos los ubicaba en lugar privilegiado al actuar como intermediarios de grupos que con precariedad lograban entenderse. Empero, es preciso tener precaución y no sobredimencionarlos, pues su “rol marginal” era constante, tanto en lo político, como en lo económico,[2] ante las inmensas ventajas de la oferta ambiental y productiva de las tierras frías, la cual permitió la construcción de una sociedad de importante complejidad -los Muiscas.
La importancia del territorio dominado por los Sutagaos se hace todavía más evidente ante la considerable invasión hecha por los Muiscas -y principalmente por el cacique de Bogotá- antes de la llegada de los españoles, que autores como Ezequiel Uricochea (de quien se han basado para sus trabajos varios historiadores modernos) ha fechado entre 1470 y 1490.[3] Este autor señalaba:
“El más antiguo zipa de que se tiene noticia fue Saguanmachica, que se calcula comenzó a reinar en 1470 de nuestra era. Este sujetó a los sutagaos, venciendo en batalla campal a su jefe Usathama, que auxiliado por el cacique Tibacui, se presentó a defender el valle de Fusagasugá cerca de Pasca, en el principio de las tierras limpias.”[4]
La mayoría de las apreciaciones sobre este tema son exageradas y han mencionado hasta 30.000 hombres que descendían de las tierras frías para dominar a un grupo catalogado como subalterno y sin mayor participación política. A la llegada de los españoles dicho grupo difícilmente rendía homenaje a los indios de la Sabana, por ello los nuevos habitantes del territorio -los españoles- gastaron más de cincuenta años para lograr iniciar el proceso de dominación definitivo a partir de su concentración en un núcleo urbano. Esta última actividad, seguramente, fue más complicada que la hecha por los Muiscas, debido a los antecedentes anti-urbanos de los sutagaos, pues Fusagasugá solamente había actuado como cruce de caminos y lugar para mercados periódicos, mientras que la población andaba dispersa por todas las laderas existentes en la vertiente suroccidental del altiplano cundiboyacense.
La fundación de Fusagasugá
Fusagasugá era un punto de referencia, tal y como lo hemos mostrado hasta ahora, a pesar de sus limitaciones al poseer un “rol marginal” en el conjunto de la región central del país. No es casual que se tenga nuevamente en cuenta a partir de 1537, año en el que una avanzada de Gonzalo Jiménez de Quesada reconoció la zona, y desde 1540 cuando empezaron las escaramuzas para fundar una ciudad, que solamente logró hacerse realidad en el papel desde 1580[5] con el nombre de Nuestra Señora de Altagracia de Suma-Paz. De la misma forma, aparece -Fusagasugá- en los relatos de cronistas y de otros documentos, como el informe presentado por el cacique Turmequé, Don Diego de Torres y Moyachoque, al rey Felipe II durante 1586.
Este último documento posee el mapa anterior, en el que cerca de Fusagasugá se ubicaban los sutagaos, mostrando la dispersión de los nativos y la referenciación de un lugar muy importante para ellos, pero sin mayor valor en términos urbanos. Esta dificultad se incrementó cuando se procuró fundar Altagracia y el resultado fue un fracaso ante el poco número de indios -en comparación con los existentes en las tierras frías-, los inconvenientes para concentrarlos en una forma urbana y la ausencia de metales preciosos (oro y plata). La Real Cédula del 31 de agosto de 1590 es bastante explícita al respecto:
“ Por cuanto por cédulas del Rey de Nuestro señor y orden de la Real Audiencia deste Reino se conquistaron y poblaron los indios de las provincias que las de los Sutagaos y en ella se pobló la ciudad de Nuestra Señora de Altagracia de Sumapaz, la cual pobló el capitán Juan López de Herrera, y apuntó los indios en algunos soldados que fueron a la dicha conquista y población que fue traído a la dicha Real Audiencia que fueron los indios que había en la dicha sazón mil doscientos poco más o menos, y el dicho apuntamiento se alteró y hizo de nuevo en veinte y dos vecinos a quienes se repartieron los dichos indios por el Señor Doctor Chaparro, Oidor que sólo residía en la dicha Real Audiencia, y de los dichos vecinos muy pocos han asistido a hacer vecindad a la dicha ciudad así por la falta de naturales que sólo han quedado hasta setecientos y noventa indios poco más o menos como por ser algunos de los dichos vecinos en otras partes y tener otras ocupaciones por cuya causa se iba despoblando la dicha ciudad, que no se podían sustentar en ella con los pocos indios que se habían repartido ...”[6]
Dos años más tarde fue necesario designar con la Real Cédula del 15 de enero de 1592 al Oidor Bernardino de Albornoz para lograr sujetar a los indios, pues de dicha dominación dependían las finanzas de la Corona, en la medida que los encomenderos de la región tuvieran las fuentes necesarias para cumplir con sus obligaciones tributarias, además del desarrollo urbano de Altagracia. Es así que el 5 de febrero Albornoz emprendió camino junto con algunos funcionarios entre los que se contaban escribano, alguacil e intérprete.[7] Ese mismo día arribó a Fusagasugá y, sin demora alguna, ordenó que se comunicara al cacique,
“... del repartimiento que e en todo el sin importancia e años se junten y recogan todos los indios e indias casados e solteros que cada uno tuviere sus sujetos con sus mujeres e hijos e indios e indias de su servicios sin esconder ni ocultar ningunos...”[8]
La visita duró hasta el 13 de febrero, tiempo en el cual se notificó a los caciques y capitanes, se planteó la traza de acuerdo a lo establecido en las Ordenanzas de 1573 y se fijó la tasa de tributos que el Cacique Alfonso de Fusagasugá debía pagar, en nombre de todos los nativos, con la suma de 525 pesos de buen oro y 200 mantas de algodón.[9]
La propuesta de establecer pueblo de indios era lo único que quedaba ante el fracaso en la construcción de Altagracia, pero el fundamento agrario de esta propuesta -que se observa desde la Instrucción para el Gobierno de los Indios, de 1503- era contrario con los rasgos económicos y culturales de los Sutagaos, quienes, como ya observamos, se dedicaban fundamentalmente al intercambio, mientras los cultivos se enfatizaban en productos de poco interés para los españoles, como la coca. El panorama con el que se abrió el período colonial para los habitantes de Fusagasugá y la región no podía ser más opaco: primero, unos blancos empobrecidos y ruralizados, rompiendo con las normas de la Corona al tener que apoyarse en el poblado donde residían los indios para sus actividades económicas, políticas y sociales; y segundo, unos nativos concentrados en medio de una forma urbana extraña para ellos y obligados a sobrevivir con prácticas -cultivos- que poco utilizaban.
Organización interna del pueblo de indios
Los pueblos de indios en la América Hispánica pretendían actuar como los burgos medievales, al ubicarse en extramuros y donde residían aquellos personajes que difícilmente podían hacerlo dentro de la ciudad. Los lugares destinados para los nativos cumplían funciones similares, pues es en ellos donde se hace evidente la segregación social y, a su vez, la dominación ejercida por España a través de un trazado urbano y todas las prácticas al interior de éste, llamadas como vida en policía.
Desde 1503 se comenzó a evidenciar en Hispanoamérica la división entre pueblos de indios y pueblos de blancos, con la orden dada por los reyes católicos a Nicolás de Obando para hacerla realidad en Santo Domingo[10],
“... es necesario que los indios se repartan en pueblos que vivan juntamente y que allí tenga cada uno su casa habitada con su mujer e hijos y heredades, en que labren, siembre y críen sus ganados.”[11]
Se trataba de un conjunto de pretensiones para la dominación de los nativos no sólo en el campo de lo espiritual y político, sino también -y podíamos decir que fundamentalmente- en lo económico. Así lo evidencia una Real Provisión de 1503,
“... porque deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa fe católica, y sean adoctrinados en las casas de ella, y porque esto se podrá mejor hacer comunicando los dichos indios con los cristianos, y andando y tratando con ellos, y ayudando los unos a los otros, para que se labre y pueble la tierra y aumenten los frutos de ella.”[12]
De la misma manera se buscaba que los indios -en favor de la fe y en procura de evitar la mezcla de sangre- estuvieran en sus poblados apartados de blancos, mestizos, mulatos y negros. Eso se buscó con el pueblo de indios de Fusagasugá, pero la normatividad española en toda Hispanoamérica funcionó muchas veces sólo en la teoría, y en este caso concreto la inexistencia temprana de un núcleo urbano para blancos -donde resolvieran sus necesidades espirituales, económicas y políticas- provocó que el lugar destinado para los indios fuera “invadido” por esos blancos ruralizados. Eso, se observó muchos años después, cuando en 1772 éstos últimos sujetos solicitaban se les dejara el poblado de los indios para la conformación de su pueblo, pues eran ellos quienes habían construido la iglesia con todas las dificultades que esto implicaba por esos días, debido a la pobreza de la región.
La legislación española iba mucho más allá de las prohibiciones de cohabitar los indios con otros grupos poblacionales: implicaba también la adaptación de las formas de gobierno local en medio de las prácticas de poder tradicionales de los indígenas.
“Las formas cabildales castellanas representaron un verdadero acontecimiento para las comunidades indígenas (desde los barrios a los pueblos) por la periodicidad de las elecciones a los puestos y la posibilidad de romper la rígida estructura institucional prehispánica. Al poder tradicional de una minoría omnipotente, podía suceder la posibilidad de la ascensión social del hombre del común a través, precisamente, del mismo cabildo. Los puestos cabildales (alcalde, regidores, justicias, alguaciles, escribanos) podían recaer en algún miembro de bajo estamento, la mayor parte de las veces escogido por algún miembro extracomunitario indígena (misioneros, encomendero, autoridades civiles), para de ese modo coartar la atmósfera dominante de la clase dirigente.”[13]
Fusagasugá, con las características anteriores, estaba sujeta a una cabeza mayor -Santafé-, pero esta condición ha sido una constante en la historia de la región del Sumapaz, tratándose de un diálogo entre ambos espacios en el que los dos han sacado provecho. Empero, la cierta dependencia con la capital de la Presidencia, primero, y Virreinato, después, hizo que este pueblo de indios fuera administrado conjuntamente entre españoles y nativos (cacique y principales), quienes se repartían cada año los cargos públicos (ver cuadro 1).
El área urbana de Fusagasugá se convirtió en un escenario múltiple: por una parte todos los ingredientes de poder que se mezclaban para el caso de los nativos, entre estructuras políticas tradicionales y las impuestas por los españoles; y por otro lado, los actores de la ciudad de Altagracia quienes, sin un lugar propio para manifestar su poder, tuvieron que usar los espacios públicos del pueblo de indios para aplicar justicia.
Cuadro 1. CARGOS PÚBLICOS
| CARGO | FUNCIONES |
| ALCALDES | El alcalde administraba justicia y se encargaba del repartimiento de los indios para los trabajos en las encomiendas y obras públicas, al igual que el control del mercado. |
| REGIDORES | Es un tipo de auxiliar del alcalde para la visita a cárceles, la aprehensión de amancebados y vagabundos, control de chicherías y el diseño de censos tributarios. |
| ALGUACILES | Aplicaba los castigos impartidos y vigilaba la doctrina para todos los indios. |
| MAYORDOMOS | Controlaba los bienes comunales y los recursos que a la caja comunal ingresaban por ese concepto, al mismo tiempo que del orden general del poblado. |
| ESCRIBANOS | Dedicado a poner en papel todas aquellas decisiones tomadas por los funcionarios públicos (sin embargo, todavía no se ha logrado establecer que en el pueblo de indios de Fusagasugá tuviera funcionamiento). |
Fuente: Francisco de Solano, Ciudades hispanoamericanas y pueblos de indios. Op.cit.
La fisonomía urbana del pueblo de indios
La forma de dominación española se hizo explícita con la construcción de núcleos urbanos, llámense pueblos de indios o pueblos de blancos (parroquias, villas y ciudades). Ya anotábamos cómo para el caso de Fusagasugá en su trazado se ejercían las prácticas de poder, tanto de españoles como de indios. Fabio Zambrano señala respecto de todo ese orden palpable en la fisonomía urbana -aunque se dirige primordialmente a los poblados de blancos, también puede observarse en los de nativos.
“... la ciudad asumió el papel de ser un gran escenario donde se representaba el poder, y por ello el espacio urbano se dispuso de cierta manera. Por sus estructuras, la ciudad mostraba lo que se concebía como orden: los ángulos rectos, las aguas canalizadas, los emblemas como las plazas y las fuentes surgieron como las victorias de la cultura sobre la naturaleza”.[14]
Luego de la visita de Bernardino de Albornoz y su orden de “juntar indios”, se puso en marcha la construcción del poblado, pues desde 1512 -con las Leyes de Burgos y con normas posteriores- se habían dado pautas sobre la forma de poblar y edificar los pueblos para nativos, donde la colaboración de los mismos caciques era fundamental, tal y como se deja ver en la orden impartida por Albornoz, en la que se convocan a estos líderes locales para que transmitieran esta decisión a sus comunidades.
El trazado adoptado para el pueblo de indios de Fusagasugá dependió ampliamente de la relación (de origen prehispánico) con Bogotá, pues se utilizó el mismo de esta ciudad. La traza se ha denominado limeña[15] debido a su parecido con la de Lima (Perú), y aplicada a la capital gracias a la intervención de Sebastián Belalcázar en el proceso de su fundación.[16] El cuadrado es fundamental en esta espacialidad, no sólo porque es una de las formas más fáciles de reproducir ante el crecimiento urbano, sino por la simbología que dicha geometría contenía dentro de las pretensiones de dominación. Así se evidencia en una cita de Fray Héctor Pinto (inspirado en Ezequiel) hecha por Jaime Salcedo:
“Es, por consiguiente, la ciudad ésta, una y cuadrada, puesto que en la iglesia debe existir la unidad de los ánimos, dado que es una en la fe y en los sacramentos... ahora se entiende por cuadratura la perfección que debe existir entre fieles, puesto que en arquitectura los sabios siempre preferían lo cuadrado. Los cuatro lados iguales significan los cuatro evangelios y las cuatro parte del mundo [puntos cardenales?] desde donde debían concurrir los hombres a la iglesia...”[17]
Un avalúo presentado al Fiscal Francisco Antonio Moreno y Escandón por Pedro Pérez de la Cadena, Luis Pérez y Francisco Labado el 5 de enero de 1776, evidencia que el trazado de Fusagasugá sí giraba en torno al cuadrado y que se repetía por lo menos tres veces desde el cuadro inicial (la plaza).[18] Lo anterior no implicaba una rigurosidad en la estética del trazado, ya que las casas pajizas en ocasiones complicaban observar la línea recta, pero al fin de cuentas allí estaba. Algunas otras características del conjunto urbano impuesto en el mencionado trazado han sido mostradas por Francisco de Solano para la mayoría de los casos hispanoamericanos y provienen de una Instrucción dada en 1516.
“Que se haga una iglesia, lo mejor que pudieren, y plaza y calles en el tal lugar. Una casa para el cacique, cerca de la plaza, que sea mayor y mejor que las otras, porque allí han de concurrir todos sus indios, y otra casa para hospital... en cada pueblo, término conveniente apropiado a cada lugar, antes más que menos por el aumento que se espera Dios mediante; término que habéis de repartir entre los vecinos del lugar, dando de lo mejor a cada ellos parte de tierra donde puedan plantar árboles y otras cosas y hacer montones para el y su familia, y el cacique tanto como a cuatro vecinos, lo para ganados... que el cacique tenga a cargo todo el pueblo...”[19]
Todos estos elementos urbanos (iglesia, plaza, calles y hospital[20]) tenían la función de aculturar las poblaciones indígenas por medio de su vida en policía. En lo referente a la iglesia, es de suponer que desde el mismo día en que el Oidor Bernardino de Albornoz impartió la orden de hacer población ya se pensaba en una iglesia, que seguramente fue muy similar a la que persistió durante gran parte del siglo XVII, al estar construida de “estantillos, bahareque y paja”, la que fue remplazada desde 1707 por una de “tapias con estribos de cal y canto, cubierta de teja y con dos arcos de ladrillo y cal”[21], dándole una fachada con portal abierto, que se sumaba a una cruz de piedra y una campana. De este modo el carácter doctrinero de la construcción quedaba impuesto.[22].
La vida urbana dependía estrechamente de las propiedades comunales, ejemplificadas en los ejidos (zonas que hacían parte del resguardo) y que habían sido otorgados por el Oidor Miguel Ibarra en 1592 en el marco de la Ley XIII, que decía:
“Que se señale ejido competente para el pueblo. Los ejidos sean tan competente distancia, que si creciere la población, siempre quede bastante espacio para que la gente se pueda recrear, y salir los ganados, sin hacer dueños.”[23]
Su explotación, seguramente, fue constante, pero no logró contribuir al pago oportuno del tributo, ante la disminución de la mano de obra indígena y el arriendo de estas tierras a los blancos, actividad que se hizo cada vez más continua en la segunda mitad del siglo XVIII. La finalidad de colaborar con las arcas públicas difícilmente se cumplía y terminaron, luego del traslado de los indios a Pasca, por rematarse durante el siglo XIX con el fin de financiar obras públicas ante un Municipio constantemente quebrado; sin embargo, ello significó la reducción posterior de los ingresos locales y las limitaciones para el crecimiento urbano durante los primeros 50 años del siglo XX.
El conjunto urbano estuvo muy cerca a lo planteado por una amplia variedad de normas formuladas por la Corona, pero, al mismo tiempo, la fuga, mestizaje y visita continua de blancos al pueblo de indios constituían unas serias violaciones a las normas impuestas por España. Lo anterior permitía que se tuviera en cuenta la solicitud de los blancos para habitar la zona urbana de Fusagasugá; que a su vez se sustentaba con los procedimientos administrativos llevados a cabo por el Virreinato para cumplir las llamadas “Reformas Borbónicas”, que marcaron el desarrollo político, económico y social de Hispanoamérica durante buena parte del siglo XVIII y parte del XIX.
El traslado de los indios
Cerca de dos siglos de vida del pueblo de indios no permitieron que los blancos se adaptaran a la idea de compartir un espacio urbano y todo lo que éste significaba en su simbología. Por eso,
“El 27 de junio de 1772 ´en el pueblo de Fusagasugá jurisdicción de la ciudad de Altagracia´, los Díaz, Ayas, Garcías y Lozanos y otros vecinos ante su alcalde Ignacio Ortiz dieron poder a Ignacio Pérez de la Cadena, también de allí, para gestionar la creación de parroquia de este valle, quien a su vez lo traspasó al Procurador de la Audiencia Isidro Aldana.”[24]
Como se observa, hasta para definir esta solicitud fue necesario el pueblo de indios, además de seguirse referenciando Altagracia, aunque solamente fuera una forma de mantener los signos de su poblado para blancos. Debió ser grande la vergüenza sufrida por aquellos sujetos al solicitar tal procedimiento en ese escenario, y debió incrementarse cuando recibieron una de las primeras respuesta por parte del Regidor del Cabildo de Tocaima, Tomás de Quesada y Herrera, a quien el Virrey le había encargado el seguimiento del caso:
“... Que ninguno de los pueblos circunvecinos que hay aquí quieren agregarse por no experimentar lo mismo que han experimentado los indios de Usatama para con estos indios del pueblo de que cada rato les echando en cara sus tierras... que tendrían por bien el desterrarse a diferentes lugares, y que si gusta S. excelencia dejarlos en este mismo sitio señalándoles un pedazo de tierras para ellos trabajar particularmente, quedarían como indios anacones a son d campanas y sujetos a doctrina, y de no se destierran para donde Dios les ayude.” [25]
La pretensión inicialmente no prosperó, pero los blancos persistieron y recibieron una nueva respuesta, esta vez del Fiscal Protector de la Junta de Tribunales de Santafé, que presagiando el proceso que se acercaba advirtió las posibles consecuencias con el sustento que le daba la experiencia del traslado de los indios de Usatama a Fusagasugá.
“Que debiéndose tener consideración a los funestos sucesos que prudentemente se deben temer de la traslación solicitada por dichos vecinos, como en casos de igual naturaleza lo ha enseñado la experiencia, siendo uno de ellos el que en estos autos se advierte con motivo de la traslación hecha de los indios de Uzatama... no había lugar a la solicitud de dichos vecinos, y que respecto a que estos en calidad de agregados son verdaderamente parroquianos de aquel curato podrán en él ser administrados.”[26]
El interés de los blancos por Fusagasugá estaba, como lo señalaba para el caso general de las ciudades Georges Duby,[27] en que el poder solamente reside en las áreas urbanas y en el contexto en cuestión era Fusagasugá -guardando las debidas proporciones- quien concentraba ese poder. Mientras tanto, los blancos podían hacer cualquier cosa, pero su vida rural les hacía pasar desapercibidos. Por eso, el esfuerzo por procurar hacer suyo el más grande de los poblados de la región y romper para siembre esa carga de vergüenza que tenían por su fracaso en la construcción de ciudad y el estar obligados a compartir actividades cotidianas con sus dominados.
Algunos meses después de la respuesta negativa del Fiscal Protector fue promulgada la Real Cédula del 3 de agosto de 1774, que junto con la del 20 de diciembre de 1707, sustentó la reagrupación de pueblos de indios, la venta de resguardos y la conformación de pueblos para blancos en gran parte de Hispanoamérica. Estas pretensiones buscaban la reestructuración de todo el Imperio, no sólo en el campo social, sino político y principalmente económico, ante los problemas fiscales de la Corona generados por las constantes guerras en Europa, la inflación y la disminución de los tributos ante el decrecimiento de los indios. En este contexto jurídico y ante la solicitud latente de los “vecinos de Altagracia”, el Virrey Manuel Guirior ordenó la visita del Fiscal Francisco Antonio Moreno y Escandón al partido de Fusagasugá para la
“... unión de sus pueblos [Fusagasugá, Pasca, Pandi y Tibacuy], con el fin de que el público y real hacienda no padezcan el menor atraso en el despacho de las causas fiscales...”[28]
El arribo del funcionario se produjo el 23 de diciembre de 1775, momento desde el cual exigió un informe por parte del Corregidor Pedro Pérez de la Cadena teniendo como base un cuestionario elaborado por el mismo Moreno y Escandón. En aquel documento se interrogaba sobre el estado general de los pueblos de indios (Pasca, Fusagasugá, Pandi y Tibacuy), teniendo como conclusión las dificultades para el cumplimento del tributo ante las disminución de los indios, a su vez causada por la fuga y mestizaje de los mismos; resultado del que se escapaba Pasca, pues era el único que había mantenido un número considerable de nativos y no contaba con la presencia de blancos ni mestizos -cuando menos en los datos.
Por lo tanto, el funcionario real procedió a ordenar,
“Que los indios de los pueblos de Fusagasugá, Pandi y Tibacuy se trasladen y pasen al de Pasca por ser la cabecera del partido y tener mayor número con tierras abundantes y fértiles sementeras y crías de ganados, de buenas aguas y temperamento benigno que produce frutos de tierra fría y templada, que según ha experimentado es con poca diferencia, igual al de los pueblos que dejan.”[29]
Lo anterior, con el fin de que las finanzas de la Corona no se vieran afectadas con el incumplimiento en el pago y los gastos que generaba el hecho de tener tantas poblaciones y nula tributación. Este acto que fue respaldado por el Virrey Manuel Guirior con un decreto emanado en Guaduas el 16 de enero de 1776 y que pasó a hacerse realidad al nombrarse a Ignacio Pérez de la Cadena -hermano del Corregidor Pedro Pérez de la Cadena- para el remate de los solares que quedaban vacíos luego del desplazamiento de los nativos a Pasca.
Roberto Velandia afirma que el Fiscal Moreno y Escandón le consultó a los indios sobre su traslado y que posteriormente ellos aceptaron la decisión sin mayores protestas,[30] pero Velandia obvia la intencionalidad de los documentos y, por su puesto, de quien los produce, en este caso un funcionari o de la Corona que necesitaba evitar cualquier inconveniente producido en la ejecución de sus obligaciones. Además, esta ausencia de análisis histórico se hace evidente cuando el mencionado autor deja ver por medio de citas la resistencia de tipo pacífica llevada a cabo por los indios. Entonces ¿existió, o no, resistencia por parte de los indios al designio de dicho funcionario?
Los memoriales son evidencia de un cierto rechazo. Eso, sin tener en cuenta que el Fiscal Moreno y Escandón ordenó que no se suscitaran más de estos documentos, alegando que eran obra de “memorialistas profesionales” y en ningún momento de los deseos indígenas. Empero, el trabajo prohibido de la elaboración de documentos fue retomado por el Cura Francisco de Escobar, quien lideró la resistencia pacífica, no sólo sirviendo como escribano, sino impidiendo la realización del inventario de la iglesia (dentro de la cual estaban ornamentos del pueblo de indios que debían ser llevados a Pasca), acto que le implicó un fuerte llamado de atención por parte del Virrey, que se hizo extensivo a todos los curas para que no se inmiscuyeran en los procedimientos administrativos. Finalmente, parece, solamente fueron trasladados los ornamentos de Usatama, mientras que los de Fusagasugá se quedaron como parte del pueblo de blancos.
El memorial del 7 de marzo de 1776, escrito por el Cura Escobar, muestra detalladamente todos los sentimientos de los indígenas frente al desalojo de sus tierras y el traslado forzoso a un lugar sobre el cual tenían muchas reservas. Escobar decía:
“...esta medida [la de trasladar los indios] ha causa tan general sentimiento que movido de las lagrimas de estos indios y demás condenados al destierro de su patrio suelo y haber de abandonar sus plantas, que es todo su mayorazgo, o mejor diré su escrito sustento, y sus chozas, que estiman en el grado que otros los mayores palacios, me obligan a postergando mi propio interés, con la agregación de Tibacuy a procurar consultar su sentimiento... las razones de mayor peso que alegan los indios y que en la realidad merecen toda atención piadosa de S.A. son: que siendo el temperamento de este pueblo, el de Pandi y Tibacuy muy benigno y templado se les obliga que vayan a vivir a Pasca, que es extremadamente frío... la segunda razón estriba en la oposición que tienen los indios de un pueblo con los de otro, de que nace que no pudiendo sufrir la incomodidad de que los miren como forasteros, que les portergen en las incomodidades del terreno (que verdaderamente ningunas tiene Pasca), se aumentan muchas veces con abandono de sus mujeres y tiernos hijos... que durante el año todos los días cosechan frutos en su tierra y allá no, donde tendrían que esperar un año y quizás dos... para ver el grano de cebada o una turma...” [31]
Lo señalado por el Cura Escobar no dista mucho de lo planteado desde 1774 por el Fiscal Protector de la Junta de Tribunales de Santafé, y evidencian ambos documentos los problemas políticos, culturales y ambientales del traslado de los indios a sitios distintos a los suyos. Generaba este proceso de desalojo una fractura social que para este caso -el de Fusagasugá- se constituiría en el puntillazo final para la desaparición definitiva de los Sutagaos como comunidad, pues el vínculo ancestral con su tierra se rompió; su modo de vida, en términos económicos, dados por el tipo de oferta ambiental que tenía la vertiente y principalmente el clima templado, desapareció; además, su orden político se vio enrarecido y golpeado de muerte, al reunir en un mismo lugar indígenas de diferentes étnicas, que, en palabras de Francisco de Solano, [32]“ creó tensiones sociales permanentes”.
En términos políticos, las dificultades se enfatizaban en la pérdida de poder de las élites indígenas, que no habían logrado caer con la llegada de los españoles y, en cambio, se moldearon a las circunstancias impuestas por la Corona. A esto debe sumarse, diferencias culturales de origen prehispánico que marcaron una incisión bastante profunda, probablemente con la muerte de caciques e indios de Fusagasugá por parte de nativos de Pasca en los albores de la llegada española a esta región. Esta hipótesis puede entreverse en el cuestionario hecho en 1560 a los indios antes de la posesión de Pedro Sotelo (apoderado del encomendero Gonzalo García Zorro);[33] no obstante, este tema merece posteriores y mayores análisis.
El traslado forzoso tuvo para los intereses españoles un éxito bastante limitado, debido a que los indios de Pandi se regresaron a su poblado y los de Tibacuy nunca se fueron para Pasca, mientras que los de Fusagasugá fueron los únicos que no pudieron volver al lugar que había sido el centro de su cultura, debido al remate de los solares y el resguardo, la importante presencia de blancos y mestizos y la baja densidad de la población indígena para hacerle frente al número de los nuevos pobladores urbanos (ver cuadro 2). Los sutagaos finalmente se pierden entre los datos que sobre los habitantes de Pasca comenzaron a surgir luego del proceso de independencia y todavía no existe un trabajo que pueda ofrecernos información sobre el paradero de estos hombres y mujeres, porque en el caso de la comunidad ya había sido golpeada de muerte, tal y como se afirmó con anterioridad.
Cuadro 2. Población del Partido de Fusagasugá, 1775
| PUEBLO | INDIOS | VECINOS | ||
| | Total de indios | Indios Tributarios | Total de vecinos | Cabezas de Familia |
| Fusagasugá | 68 | 12 | 988 | 216 |
| Pasca | 383 | 61 | 0 | 0 |
| Tibacuy | 140 | 21 | 465 | 96 |
| Pandi (incluyendo Cunday) | 94 | 24 | 692 | 169 |
Fuente: Datos extraídos por el Fiscal Francisco Antonio Moreno y Escandón de los libros parroquiales de los pueblos. Francisco Antonio Moreno y Escandón, Op. cit., p. 72 y 73.
El fracaso de un trazado
Desde que apareció el trabajo de Roberto Velandia en 1979 se había dicho que la fundación de Fusagasugá había sido el 7 de mayo de 1776, pero ya se evidenció que la vida municipal se inició desde el 5 de febrero de 1592. La aseveración de Velandia se sustentaba con una supuesta acta de trazado elaborada por Ignacio Pérez de la Cadena -hecho que permitía afirmar que este individuo era el fundador. Empero, la ausencia de estudios y la pereza intelectual no permitieron una adecuada lectura de ese documento, que es en realidad el sustento de la orden dada por el Fiscal Moreno y Escandón para la venta de los solares.
Se decía que dicho documento borraba el trazado del pueblo de indios y desde entonces se construyó uno nuevo, pero la ligereza de estos comentarios son evidentes, más cuando solamente se señala un procedimiento de medición de la plaza, a pesar de los intereses de los blancos por ampliarla. Esto último es prohibido en 1777 por el Corregidor del Partido de Bosa y Pasca, Joseph de Chávez y García, diciendo:
“... y habiéndose por mi reconocido el plano que tenía formado el antecesor comisionado [Ignacio Pérez de la Cadena] para el cuadro de la plaza, halle haberle señalado cien varas de largo quedando solamente de setenta y cinco de ancho, y siendo desproporcionado el referido cuadro, atento a que dicha plaza se hallaba en buena proporción en la conformidad que siempre he estado, capaz para mercados y funciones públicas, que a más de quedar desproporcionada con las cien varas de largo que se le había señalado se seguiría el grave prejuicio a los vecinos que tenían fabricadas las casas de su habitación en el cuadro por donde se había de alargar, siendo preciso derribarlas para ejecutarlo, en cuya virtud mande se mantenga la plaza en la conformidad que hoy esta.”[34]
Un mayor sustento a la afirmación de la inexistencia de un nuevo trazado y por ende de una nueva forma urbana que sustituyera el antiguo pueblo de indios, radica en que el acta solamente logró iniciar la distribución de los solares,[35] los que sí fueron nuevamente medidos, pero el silencio de los documentos sobre la reestructuración de las manzanas y las calles existentes, junto con la incapacidad para cambiar las características doctrineras de la iglesia con la construcción de una nueva (hecho que solamente se produjo hasta 1865), se constituyen en más pruebas de que los blancos no pudieron resolver definitivamente su problema de vergüenza, pues las ciudades son libros de historia sobre los que se puede caminar, y la traza, todavía hoy vigente (en lo que se denomina como el centro de la urbe) era un constante recuerdo para aquellos hombres y mujeres que sustituyeron en el área urbana a los indios.
Y como si lo anterior fuera poco, luego del ejercicio constante de solicitud por parte de los blancos desde 1772 para que se les dejara el núcleo urbano -posterior a que se les permitió vivir allí legalmente-, su poblamiento no se hizo de forma masiva; es más, en 1784, el expedicionario Antonio de la Torre y Miranda señalaba cómo solamente de 8 a 10 casas existían en torno a la plaza.[36] Fue necesario que desde 1815, Jorge Tadeo Lozano, impulsara un crecimiento en la concentración de residentes del poblado[37], hecho que no implicó cambios substanciales. Solamente el desarrollo producido por el café, sumado a la migración constante desde fines del siglo XIX, le dieron una cara distinta a lo que todavía tenía aroma a pueblo de indios. Sin embargo, como ya se dijo, la ciudad, y por ende su territorio (que en este caso es la región del Sumapaz), logra conservar a su manera todas esas experiencias vividas para que lo actual se constituya en el resultado de todo un precipitado histórico.
A manera de conclusión
Fusagasugá no fue fundada el 7 de mayo de 1776. Su vida a la manera española se comenzó a gestar definitivamente desde el 5 de febrero de 1592, momento en el que Bernardino de Albornoz dispuso “juntar los indios” para que vivieran en policía. La pereza de los intelectuales locales ha permitido que se difunda, con muchos inconvenientes, el 7 de mayo como fecha fundacional, pero es evidente la ausencia de crítica a la obra de Roberto Velandia y la negligencia para realizar nuevas investigaciones.
En 1776 lo que se produce es un cambio nominal, se pasa de pueblo de indios a pueblo de blancos, se trasladaron forzosamente los nativos a Pasca y el espacio dejado por ellos se repartió entre los vecinos -blancos en su mayoría. La realidad de la supuesta acta de trazado no es otra que un documento soporte sobre la adjudicación de los solares. A pesar de ello, los rasgos del pueblo de indios no pudieron sustituirse y gran parte del conjunto urbano -excepto los solares- continuó siendo el mismo a pesar de las intenciones, nunca concretadas, de los nuevos pobladores.
[1] Carl Langebaek, Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas. Siglo XVI, Bogotá, Publicaciones del Banco de la República, 1987.
[2] Ibid, p.150.
[3] Ezequiel Uricochea, Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Bogota, Biblioteca del Banco Popular, Volumen 24, 1984.
[5] Ver: Roberto Velandia, Enciclopedia Histórica de Cundinamarca, Tomo II, Bogotá, Biblioteca de Autores Cundínamarqueses, Cooperativa Nacional de Artes Gráficos, 1979.
[6] Archivo General de la Nación (en adelante AGN), Sección Colonia, Fondo Visitas Cundinamarca, Tomo XII, folios 280 y 281.
[7] Roberto Velandia afirma que era necesario traer interprete para comunicarse con los Sutagaos, pues éstos no hablaban lengua Chibcha, pero este supuesto es bastante ingenuo y olvida la heterogeneidad de dicho lenguaje y sus variaciones de una zona a otra dentro del territorio Muisca y sus inmediaciones.
[8] AGN, Sección Archivo Anexo, Fondo Reales Cédulas, Tomo I, Caja 192, Carpeta 7066-707, Folio 16v.
[9] AGN, Sección Archivo Anexo, Fondo Reales Cédulas, Tomo I, Caja 192, Carpeta 7066-707, Folio 18r.
[10] Ver: Jaime Salcedo, Urbanismo Hispano-Americano. Siglos XVI, XVII y XVIII, Bogotá, Centro Editorial Javeriano, 1996, p 123.
[11] “Instrucción para el gobierno de las Indias, Alcalá, 20 de marzo y Zaragoza, 29 de marzo”, en Colección de Documentos para la Historia de la Formación Social de Hispanoamérica, CSIC, Instituto Balmes, I, Madrid, 1953, p. 9. Citado por Francisco de Solano, “Política de Concentración de la población indígena (1500-1800): objetivos, proceso, problemas, resultados”, en, Jorge Hardoy y Richard Schaedel, Asentamientos urbanos y organización socioproductiva en la historia de América Latina, Buenos Aires, Ediciones SIAP, 1977, p. 90.
[12] Francisco de Solano, Ciudades hispanoamericanas y pueblos de indios, Madrid, Biblioteca de Historia de América, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990, p.50.
[14] Fabio Zambrano y Oliver Bernard, Ciudad y territorio. El proceso de poblamiento en Colombia. Bogotá, Academia de Historia de Bogotá, Fundación de Estudios Históricos Misión Colombia, Instituto Francés de Estudios Andinos, p.28.
[15] “En la traza limeña la iglesia aparece siempre en la manzana del levante, de manera que, al mantener su orientación tradicional, la iglesia debe, forzosamente, dar su fachada a la plaza. Una posible explicación a este cambio en la posición relativa de la iglesia en la plaza es que en algunos fundadores se estuviera abriendo paso ya la nueva corriente del humanismo renacentista, una de cuyas consecuencias arquitectónicas fue la concepción del espacio en perspectiva, la aparición del concepto de plaza con fachadas de fondo y la percepción del continuum, un espacio fluido, fugado desde plaza hasta el interior de los edificios.” Erwin Panofsky, La perspectiva como forma simbólica, Barcelona, Tusquts Editor, 1973. Citado por Jaime Salcedo, Op.cit., p. 66-67.
[16] Ver: Jaime Salcedo, Op.cit. y Carlos Martínez, Reseña urbanística sobre la fundación de Santafé en el Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1973.
[17] Jaime Salcedo, Op.cit. p. 237.
[18] Francisco Antonio Moreno y Escandón, Indios y mestizos de la Nueva Granada. A finales del XVIII, introducción de Jorge Orlando Melo y transcripción a cargo de German Colmenares y Alonso Valencia, Bogotá, Biblioteca del Banco Popular, Volumen 124, 1985, p 71.
[19] “Instrucción dada a los Padres Jerónimos. Madrid, 13 de septiembre de 1516.” Citada por Francisco de Solano, Op.cit., 1977, p 91.
[20] En Fusagasugá se hizo realidad hasta el hospital, que en la segunda mitad del siglo XVIII era mencionado como casa-hospital, no obstante, sabemos muy poco sobre este equipamiento urbano.
[21] Roberto Velandia, Op. cit., p. 1108 y 1110.
[22] Jaime Salcedo, Op. cit., p. 151.
[23] Ley citada por Jaime Salcedo, Ibid, p. 106.
[24] Roberto Velandia, Op. cit., p. 1092.
[25] AGN, Sección Colonia, Fondo Poblaciones, Tomo VII, folios 684-691.
[26] Ibid., folio 700v.
[27] “A lo largo de toda su historia, la ciudad no se caracteriza ni por el número de sus habitantes, ni por las actividades de los hombres que allí residen, pero sí por sus rasgos particulares de estatus jurídico, de sociabilidad y de cultura. Estos rasgos derivan del rol primordial que desempeña el órgano urbano. Este rol no es económico, es político. La ciudad se diferencia del medio que la circunda, y en éste ella es el punto de residencia del poder. El Estado crea la ciudad. Sobre la ciudad el Estado toma lugar.” Georges Duby, Historie de la France Urbaine, Tomo I, París, Seuil, 1980, p.13. Citado por Fabio Zambrano y Oliver Bernard, Op. cit., p.27.
[28] Francisco Antonio Moreno y Escandón, Op. cit., p. 67.
[29] Ibid, p. 74.
[30] Roberto Velandia, Op. cit., p. 1095.
[31] AGN, Sección Colonia, Fondo Poblaciones, Tomo VII, folio 23. Citado también por Roberto Velandia, Op. cit., p. 1097 y 1098.
[32] Francisco de Solano, Op. cit., 1977, p. 105.
[33] Roberto Velandia, Op. cit., p. 1083.
[34] AGN, Sección Colonia, Fondo Visitas Cundinamarca, Tomo XII, folio 192v.
[35] La medida designada para estos solares fue de 25 varas.
[36] Pilar Moreno de Angel, Antonio de la Torre y Miranda. Viajero y poblador, siglo XVIII, Bogotá, Editorial Planeta, 1993, p.234 -242.